Galliquio, Farfán y Manco han demostrado que son malos jugadores porque siempre los ampayan. Sin embargo, hay algo en su ADN que los empuja a seguir practicando ese deporte que nada tiene que ver con la pelota de fútbol. Se creen supervivos cuando en realidad con las justas aprueban el examen de palomillas de ventana. Ignoran que solo sirven para correr tras un balón, driblear a un adversario, hacer una huachita espectacular o marcar goles inverosímiles. Tienen habilidades diferentes, poca autoestima y mucho dinero, letal combinación autodestructiva. Solo son buenos jugando fútbol.
Pero, los dirigentes son peores. De organización o administración deportiva saben tanto como de ética. ¿Ignoraban acaso que el hotel donde se alojaron en Panamá era un hostal cinco estrellas que ofrecía servicios completos? Ocurrió lo que tenía que suceder. Se fueron de putas. ¿Y que hicieron los dirigentes para calmar sus angustias? Habría que investigarlos para que también reciban una sanción ejemplar. Al mal hay que extirparlo de raíz.
El mago quedó como el sombrero que habla pero no convence, ni siquiera a su público cautivo. Resultó un experimentado entrenador al que le encanta el chupetín. Además de ser estratega de la pelota, también tiene que ser psicólogo de cabecera de Farfán y Manco dos de los mejores futbolistas de los últimos veinte años y llenos de pesadillas infantiles.
Jefferson vivió sin padre pero creció junto a su madre, a quien ama hasta el delirio, pero la juzga en silencio. Por eso sale a caminar mientras todos duermen y sus pasos terminan en lugares de diversión exclusiva. Por eso allí busca la compañía fugaz, a la bailarina más hermosa y marcar su territorio. De esa forma se exorciza y espanta a sus fantasmas. Es que nadie lo entiende. Es un hombre travieso, un niño grande, infeliz que está pidiendo ayuda a gritos y nadie lo escucha. Su niñez miserable lo atormenta. Alguien a quien le sobra la plata, pero que nunca tuvo calor de hogar.
Manco va de mal en peor. Es un genio con los pies. Un acróbata del balón. Alguien a quien Newton y Einstein odiarían porque desafían sus leyes a vista y paciencia de todos. Pero es casi seguro que este Rei no entienda el significado preciso de las palabras que pronuncia o escucha. Lo comprobaron los holandeses del PSV y más rápido que volando lo devolvieron a su hábitat porque allá desprecian ese tipo de jugadores.
Jefferson y Manco son la mejor expresión del abandono en que se encuentran los niños pobres en este país. Pero niños que no optaron por lo fácil, ser pandillero o terokalero, porque tuvieron a sus madres, que hicieron de todo para alejarlos del hoyo.
No permitamos que estos muchachos se salgan con la suya. Tampoco ayudemos a que se lancen al barranco. Markarian tiene que hacer magia para poder clasificarnos al mundial de fútbol. Pero, primero tiene que ser, además de psicólogo, ese padre ejemplar, ese modelo a seguir, que estos muchachos buscan desesperadamente. Galliquio ya es un caso terminal. Una verdadera lástima.